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La cultura yoruba es considerada como una de las más ricas que integran la diversidad cultural caribeña. Su religión, específicamente, llegó al Nuevo Mundo en la memoria de los esclavos africanos, quienes la transmitieron oralmente a sus descendientes. Hoy, su riqueza filosófica forma parte del patrimonio espiritual de los pueblos americanos, aún cuando sufrió transformaciones a partir del enfrentamiento con otras formas religiosas africanas y europeas, las cuales producirían un sincretismo que establecería nuevas valoraciones cosmogónicas y la equiparación de divinidades yorubas con santos católicos.
La Regla de Osha, nombre que recibe el sistema religioso de los yorubas, es un conjunto de creencias y ritos basados en la adoración a los orishas del panteón yoruba de Nigeria. Olofi, dios supremo, tiene potestad sobre los demás, pero no reciben ningún culto de adoración como sucede con los orishas, quienes son considerados como los mensajeros de sus superiores en la tierra.
La religión de los orishas está ligada a la noción de la familia. Se produce una hermandad religiosa integrada por los padrinos y sus ahijados, a quienes no los unen lazos consanguíneos. Cada familia religiosa tiene un origen étnico funcional que se ha ido propagando en un proceso de iniciaciones sucesivas, donde se conservan los principios cultuales de los predecesores. Estas estructuras no alcanzan gran complejidad organizativa, como sucede en las instituciones cristianas.
Por su parte, este culto tiene lugar en las casas-templos, es decir, en los hogares de los dirigentes del culto, donde se mantienen los elementos del ritual y las representaciones religiosas que son objeto de veneración.
El panteón yoruba agrupa a dioses con carácter ambivalente, diseñados a imagen y semejanza de los hombres, con sentido de la justicia y la equidad, con virtudes que transmitieron a su pueblo, con el concepto del bien y del mal, estratificado en niveles y dominios específicos para cada uno.
Para los practicantes de esta religión, lo esencial es el culto respetuoso a los orishas mediante la adoración, alimentación y cumplimiento del ritual de todas las fechas dentro de su liturgia. Cada casa templo, cada oficiante, cada santero los venera, los guarda y repite la transmisión como la recibió de sus mayores. Quizás por eso, entre una y otra haya alguna pequeña diferencia, pero la esencia, la fe, la liturgia y la práctica religiosa se han mantenido a lo largo de los siglos.
La máxima jerarquía dentro de la Regla Osha es representada a través del babalawo, quien posee los atributos otorgados por Orula, dios de la adivinación, para la práctica de los rituales adivinatorios mediante el uso del Tablero de Ifá y la cadena, opele o ekuele. Solo hombres pueden tener este alto rango. Otro lugar importante en este orden jerárquico es el del babalocha o iyalocha, es decir, el santero o santera, quienes se ocupan de liturgias específicas, entre las cuales está la de adivinación por el diloggún o por el obi. No obstante, son los oriaté los sabios y especialistas en la lectura e interpretación del Diloggún -16 caracoles-, se encargan de averiguar el Itá -destino- a que se verá sometido el creyente durante su existencia posterior a la iniciación. También actúan como maestros de ceremonia en las consagraciones. Otra figura relevante es la oyubbona o yimbona, que acompaña y guía al neófito en todas sus acciones durante los siete días que dura la iniciación, o la ceremonia de "hacer santo."
Los oráculos africanos, mencionados anteriormente, han influido en la vida de las comunidades religiosas caribeñas de procedencia yoruba. Su uso se ha hecho popular y ha marcado el comportamiento de los creyentes. Las consultas son frecuentes y abarcan desde las respuestas a los problemas más simples hasta los más complejos, como por ejemplo la ceremonia de fin de año por las casas de Ifá de más prestigio, donde los últimos tres días del año, a través de rituales y ofrendas de mayor envergadura a los orishas, se marcan los fenómenos sociales, naturales y políticos que sucederán.
Estos tres sistemas: el complejo adivinatorio de Ifá, el Diloggún y el Obi han contribuido a perpetuar las tradiciones culturales y la lengua de los ancestros africanos que forman parte de la raíz antillana.
Varias ceremonias religiosas tienen lugar dentro del culto a los orishas. Entre ellas se destacan las que se dedican a un santo en especial con la finalidad de expresarle agradecimiento o sentimiento de alegría por un don recibido. Por su parte, también se hacen las ceremonias de iniciación durante una semana, en las cuales cada día se realizan diferentes ritos que van preparando al neófito para la vida de practicante y donde se destaca la del día del tambor: la persona que ha recibido santo se ofrece al tambor batá y baila frente a él, en reconocimiento a su significado dentro del culto.
De igual forma, tienen lugar en esta religión las ceremonias de itutú o mortuorias, así como bembés o wemileres que son fiestas muy concurridas, de diversión y donde todos participan igualmente. En estas se prescinde del toque del tambor batá, por su carácter sagrado. Con estas celebraciones los fieles fortalecen su relación con la deidad rectora de su vida y tratan de armonizar las fuerzas del bien y del mal, con el fin de satisfacer sus necesidades espirituales y materiales.
La relación espíritu-fetiche-magia ocupa un lugar destacado en la religión de los yorubas por tener ésta un carácter propiciatorio y utilitario. Los otanes piedras-, por ejemplo, son objetos que simbolizan el poder sobrenatural del orisha al que se le rinde culto. La atención a los espíritus, antepasados, a la naturaleza, al sol y a la luna, son aspectos que no pueden ser obviados en el desarrollo del culto, donde se emplea un lenguaje esotérico y la magia para establecer la comunicación entre las entidades y los creyentes.
En Nigeria se reconocen alrededor de 405 divinidades, a las cuales se les rinde culto. En el Caribe el número varía en dependencia del contexto en que esta religión se manifieste, pero normalmente no deben sobrepasar de treinta; por otro lado, la representación de sus elementos simbólicos no es uniforme en todos los lugares donde se practica. Este proceso evidencia la pérdida y asimilación de patrones culturales que sufre una cultura cuando se pone en contacto con otra.
Olofi: Dios supremo. Causa y razón de todas las cosas. Legislador y poseedor de la Ley de la Vida. Hizo el mundo y se distanció de los hombres. Dejó a los orishas como sus mensajeros, entre los que repartió sus poderes. Equivale al Padre Eterno, el Espíritu Santo, el Santísimo, el Señor, Dios. Inteligencia Universal. Alma Universal.
Patakí
Olofi era tan poderoso que hacer el mundo le pareció algo muy fácil. Cuando distribuyó los cargos entre sus hijos, se encontró con que los hombres siempre estaban peleando y tuvo que hacer de Ayágguna el orisha de las pendencias. Olofi, quien prefería la paz, no comprendía por qué Ayágguna siempre estaba provocando las peleas. Un día le dijo: Por favor, hijo mío, no hagas eso. A lo que Ayágguna le respondió: Si no hay discordia no hay progreso, porque si incentivas a que dos personas quieran algo, entonces quieren cuatro y triunfa el más capaz y el mundo avanza. Bien dijo Olofi- si es así, durará el mundo hasta el día en que le des la espalda, haya guerra y te vayas a descansar.
Ese día Olofi se desilusionó y, desde entonces, ya no interviene en las cosas del mundo.
Elegguá(Elegua): Uno y veintiuno, primer orisha al que se le rinde pleitesía. Ninguna ceremonia puede comenzar sin antes haberle cantado y brindado ofrendas a Elegguá. Se caracteriza por ser travieso y juguetón como un niño, también es capaz de hacer maldades y si se encoleriza puede ser peligroso. Colores: rojo y negro. Atributos: Garabato, sombrero de yarey, balas, silbato, collar de cuentas rojas y negras, manilla simple de cuentas rojas y negras. Animales: Pollo, ratón, pescado ahumado.
Sincretiza con el Niño de Atocha, aunque algunas bibliografías consideran que lo hace con el Anima Sola. Esto es posible por la diversidad de los caminos que este orisha posee.
Patakí
Cuentan que, en una ocasión, Olofi se enfermó de gravedad. Acudieron todos sus hijos a tratar de salvarlo. Ninguno pudo nada. Elegguá estaba dando vueltas alrededor de todos pidiendo que lo dejaran intentarlo. Pero nadie le hacía caso.
¡Vete de aquí!-le decían. ¡Cómo tú, el más pequeño, vas a poder donde no hemos logrado nada los grandes...!
Pero Elegguá insistía tanto y tanto que, al fin, le permitieron probar. Él preparó una medicina, se la dio a tomar a Olofi y este se curó. Cuando estuvo bien, el dios supremo dijo:
¡Desde hoy tú serás el primero en comer, el primero en recibir moforibale (saludos), el primero en tener las ofrendas!
Obatalá(Obbatalá): Dueño de las cabezas, simboliza la paz, la sabiduría, la pureza, la justicia. Es una de las deidades más poderosas. Tiene 16 caminos, algunas bibliografías se refieren a él como Ododúa (también puede verse escrito Oddodúa Oduduwa, y debe señalarse que este es un camino de Obatalá). Se considera después de Olofi la figura principal, el orisha mayor. Color blanco. Atributos: collar con cuentas blancas, bandera blanca, algodón, coco. Animales: ratones, palomas, gallina de guinea.
Sincretiza con Nuestra Señora de las Mercedes.
Patakí
Cuentan que un día los orishas hicieron una fiesta para festejar a Olofi. Hubo muchas matanzas, pero al preparar los animales botaban las cabezas. Obatalá preguntó por qué lo hacían y les respondieron que ellas no servían para nada. Obatalá se mostró descontento con esto, pero no dijo nada. Simplemente comenzó a recogerlas y a guardarlas.
Por la noche la fiesta estaba en todo su esplendor y llegó Olofi, quien se mostró muy complacido con el homenaje que le estaban haciendo sus hijos. Sin embargo, al filo de la media noche preguntó:
¿Y las cabezas? ¿Dónde están las cabezas?
Los orishas se mostraron muy azorados ante tal pregunta, pero finalmente tuvieron que decir que las habían botado. Olofi se puso muy serio. Obatalá, inmediatamente, las sacó y se las mostró del rincón donde las tenía escondidas.
¡Están aquí, yo las guardé todas!
Olofi entonces lo miró y apreció en el fondo de sus ojos la sabiduría. Desde ese día lo hizo dueño de las cabezas.
Aquí se acaba.
Oggún (Ogún): Dueño del monte. Una de las deidades más viejas del panteón yoruba. Guerrero máximo, hermano de Shangó. Símbolo de la fuerza primitiva, energía terrestre, dios de los minerales, simboliza la fragua, es el protector de los herreros y de todos aquellos que trabajan el metal. Vive en el monte. Se le reconoce también un camino de paz, cuando se consagra a construir los instrumentos de trabajo. Cuando está junto con Elegguá y Ochosi, con los que integra la trilogía de los santos guerreros, es capaz también de expresar alegrías y divertirse con bromas. Atributos: Cadena de hierro, barras de hierro, machete, conjunto de piezas de hierro. Su ropa es una saya de fibras vegetales y dos pañuelos uno verde y otro morado. Algunas bibliografías señalan que usa como collar una cadena y otras, que su collar tiene cuentas verdes y moradas. Animales: perro, jutías y gallo.
Sincretiza con san Pedro.
Caminos de Oggún
Los caminos son las diferentes formas de manifestarse una deidad. Oggún tiene catorce, tres de ellos y por los que más se le aclama son:
Oggún Guerrero: Es el protector de los soldados, interviene en las guerras y en todas las contiendas. Cuando sus hijos tienen una dificultad, es Oggún Guerrero el que sale a combatir por ellos hasta vencerla.
Oggún Valenyo: Este es su camino de Rey forjador de metales. Protector de los herreros y de todos aquellos que trabajen con metales.
Oggún Arere: Su camino de labrador, dueño de los montes. Para entrar al monte a hacer cualquier ceremonia se le pide permiso a Oggún Arere.
Patakí
Oggún tuvo un disgusto con Orula a causa de Oshún, la dueña de la feminidad y la dulzura, que lo había abandonado para irse a vivir con el adivino.
El dios de los herreros se reunió con varios de sus hijos y les ordenó quemar la casa de Orula, la que podrían identificar, pues era la única del pueblo que tenía un gallo amarrado en el patio.
Como todas las mañanas, Orula se había registrado la suerte con su tablero y el oráculo le había aconsejado que soltara el gallo, cosa que hizo sin demora.
El gallo, al sentirse libre, estuvo revoloteando por los alrededores hasta que fue a caer en casa de Oggún. Los aguerridos hijos del forjador, al ver al animal allí, creyeron que era la casa que les habían ordenado destruir y, sin más reparos, la incendiaron.
Oshún (Ochún): Dueña del amor y la coquetería. También es madre, esposa, dueña del dinero. Dueña de las aguas dulces, ríos y arroyos. Protectora de las embarazadas. Su color es el amarillo. Atributos: Bandera amarilla, vasija con dinero, collar de cuentas amarillas, el abanico, las campanillas de metal amarillo. Animales: el pavo real, gallinas, palomas y chivo.
Sincretiza con la virgen de la Caridad.
Patakí
Oshún tuvo amores con Shangó, vivían juntos bailando y fiesteando en todos los wemileres. Hasta un día en que la fortuna volvió las espaldas al rey de los tambores y este comenzó a pasar trabajo. Todos sus amigos se alejaron de él y solo le quedó a su lado Oshún.
Como eran muy pobres se fueron a vivir a la orilla de un río y poco a poco fueron vendiendo todas sus pertenencias, hasta que Oshún se quedó con un solo vestido, que todas las noches lavaba en el río. De tanto lavarlo y lavarlo el vestido que era blanco se puso amarillo. Desde entonces ese fue su color y Shangó comenzó a amarla.
Yemayá: Madre de casi todos los orishas mayores. A algunos los tuvo ella y a otros, como Shangó, los crió. Dueña de las aguas saladas, hermana de Oshún. Simboliza la maternidad, se dice que es la madre de las madres, simboliza la justicia y la razón. Tiene siete caminos. Atributos: Bandera azul, conchas marinas, collar de cuentas azules y blancas (puede ser una y una o alternar siete cuentas blancas con siete azules), sopera azul con siete manillas en la tapa, su emblema es la media luna, el ancla y el sol de plata metal o de metal blanco. Animales: carnero, pescado, palomas.
Sincretiza con Nuestra Señora de Regla.
Patakí
Yemayá era la madre de crianza de Shangó. Un día ella fue al fondo del mar para atender sus asuntos y pasó mucho tiempo sin que nadie la viera. Ella estaba allá en lo hondo ordenando su mundo de caracolas y peces, pero extrañaba la tierra. Un día oyó de pronto, el sonar de los tambores que llamaban al wemilere. Entonces sintió un gran deseo de volver al mundo de los hombres y, vistiendo sus mejores galas de azul, subió a la tierra y fue a bailar.
Se veía tan hermosa que Shangó -rey de los atabales- no la reconoció y esa noche tocó, cantó y bailó para ella, requiriéndola de amores. Yemayá lo escuchó y decidió darle el escarmiento que se merecía. Con voz dulce lo invitó a visitar su ilé. Shangó, fascinado, fue con ella y, al llegar a la orilla del mar, se detuvo asustado y confesó que no sabía nadar, pero Yemayá le aseguró que no tenía nada que temer. El mozo, cautivado por la belleza de la dueña del mar aceptó seguirla. En medio del mar, Yemayá saltó del bote y, usando su poder sobre las aguas, las hizo hervir y las convirtió en remolinos. Shangó cayó del bote y Yemayá contempló fríamente, sorda a sus súplicas de ayuda, cómo Shangó luchaba por no ahogarse. Cuando casi estaba a punto de perecer, ella se elevó por encima de las aguas, se reveló con toda su grandeza y le dijo:
¡Ahora me conoces.! ¡Respétame! ¡Que yo soy tu iyare!
Shangó, entonces, pidió perdón y ella lo salvó aquietando las olas del mar.
Shangó (Changó): Dios del fuego. Dueño del rayo, el trueno, los tambores y la adivinación. Se cuenta que él entregó el tablero de adivinación a Orula. Es una divinidad andrógina (hombre y mujer al mismo tiempo). Todas las leyendas y patakíes lo presentan como el hombre por antonomasia. Bebedor, buen bailador, mujeriego, orgulloso, machista, con una extraordinaria belleza varonil. Es dueño de la música, de los sagrados tambores Batá, del trueno y los rayos. Su refugio, trono y mirador es la palma real, desde donde protege a guerreros y cazadores. Es abogado de los guerreros.
Sus colores son el rojo y el blanco. Atributos: Hacha bipene, collar de cuentas rojas y blancas, piedra del rayo, bandera roja, espada de madera, frutas, palma real. Animales: carnero, caballo moro (para él montar), jicotea, gallo.
Sincretiza con santa Bárbara.
Patakí
Shangó, rey de reyes, era espléndido en todas las fiestas, su oro corría como río en que se bañaban generosamente todos sus amigos, pero como todo se acaba, un día el azar le volvió las espaldas y se quedó sin nada. Entonces acudió a sus amigos, los cuales, viéndolo sin nada, le dieron las espaldas. Pesaroso y triste se fue al monte y se sentó taciturno en lo alto de una palma, que es donde siempre se refugia Shangó cuando está enojado o tiene penas, y después de pensar y pensar en su situación bajó y fue a registrarse con Orula.
El adivino tiró su ekuelé y le mandó a hacerse un ebbó (remedio), pero le advirtió:
¡Todo eso te ha pasado por andar con amigos falsos!
¿Cómo hago para conocer que un amigo es bueno? le preguntó Shangó.
¡Es muy fácil! Orula se inclinó y tomó una ramita de una planta espinosa y se la tendió. Toma, lleva esto siempre en tus bolsillos, se llama Pitaya. Ella te cuidará.
Shangó tomó la planta y se fue presuroso a realizar el ebbó. Al poco tiempo la fortuna volvió a él, regresó a los wemilere de donde era el dueño y señor. Cada vez que un falso amigo se acercaba, la Pitaya daba un leve pinchazo con sus espinas para que supiera que era un amigo falso.
Oyá: (Algunas bibliografías la reconocen como Yanzá) Dueña del cementerio, de la centella y de los vientos huracanados. Señora del arcoiris, cuyos colores lleva en su saya. Es una divinidad relacionada directamente con la muerte. Es santa guerrera y de carácter muy fuerte. Abandonó a Oggún -su esposo-, por Shangó, el dueño de los atabales tambores-, con quien suele compartir experiencias guerreras y de quien está enamorada. Atributos: Iruke (cilindro de madera forrado con tela al que está sujeto una cola de caballo), corona de cobre, sonaja formada con una vaina de flamboyán, manillas formadas por nueve aros cilíndricos de metal (cobre) decoradas con atributos geométricos. Animales: palomas, gallinas negras y jutías.
Sincretiza con la virgen de la Candelaria.
Patakí
Cuando Oyá fue a vivir con Shangó, ella veía que cada mañana antes de irse a combatir, Shangó mojaba los dedos y pasaba por su lengua un líquido de un güiro que le había regalado su padrino Osaín. Oyá estaba muy curiosa y un día en que Shangó salió más temprano, ella, sigilosa se acercó a mirar el contenido, mojó sus dedos y los pasó por su lengua. Sintió un ardor, como si tuviera fuego en sus entrañas. Shangó entró en ese momento y se percató de lo que sucedía. ¡Omordé ¡ le gritó ¿qué haces?
Oyá fue a contestarle, pero lo que salió de su boca fue una lengua de candela,
¡Ah, Omordé, desde ahora eres la dueña de la centella!.
Babalú Ayé: Dueño de las enfermedades. Se considera entre los yoruba el dios de la viruela, señor de las enfermedades. Es sabio como Orula, justo como Obatalá. Se viste de saco de yute y anda apoyado en muletas y seguido por perros que le lamen las llagas. Sus mensajeros son los mosquitos y las moscas. Atributos: muletas, collar de cuentas negras, según Lachatañeré, marrones y blancas, según otras casas templos, y según Miguel Barnet, blancas y veteadas de azul o rayadas; tabacos. Animales: palomas y gallinas.
Sincretiza con san Lázaro.
Patakí
Olofi dividió sus poderes entre sus hijos. Cuando le tocó el turno a Babalú Ayé, Oluddumare le preguntó:
¿Y tú qué quieres, hijo mío?
El orisha le respondió:
¡Quiero que me des el poder de tener relaciones con todas las mujeres que viven en el mundo!
¡Concedido! le respondió pero con una condición: que los jueves no tengas contacto con ninguna mujer.
Babalú Ayé respetó la orden por algún tiempo, pero se enamoró de una mujer y el jueves la hizo suya. Cuando se despertó, encontró que su cuerpo estaba lleno de llagas.
La enfermedad estaba devorando a Babalú Ayé. Por más que rogó a Olofi su perdón, no lo consiguió y murió en medio de espantosos sufrimientos. Su muerte llenó de tristeza a las mujeres del mundo, y entre lágrimas pidieron a Oshún que le implorara a Olofi el retorno de Babalú.
Oshún fue al palacio de Olofi y esparció por todas partes su oñí que tiene el poder de despertar la pasión en los hombres. El oñí revivió en el viejo ansías enormes de vivir. Olofi le rogó a Oshún:
¡Dame un poco de oñí, porque me siento joven de nuevo!
Oshún, entonces, puso en práctica la parte final de su estratagema, y le respondió:
¡Si resucitas a Babalú Ayé, te lo daré!
¡Concedido! respondió Olofi.
Oshún le dio oñí y Olofi le devolvió la vida a Babalú Ayé, con lo que llenó de alegría a todas las mujeres.
Osaín(Ozaín): El dios de las hierbas. El botánico y curandero mayor. Dueño de los secretos del monte. Es el facultativo y administrador de Ewe, una de las grandes divinidades del panteón yoruba. Es condueño, junto con Shangó, de los tambores, no baja a cabeza, no se posesiona de ningún mortal. Habla metido en un güiro y con voz bajita y fañosa. Es cojo, tuerto y manco. Es cazador experto y tiene un oído privilegiado. Atributo: Güiro. Animales: jicotea, gallina, gallo, peces.
Sincretiza, según Rómulo Lachatañeré, con san José Lidia Cabrera sostiene que con san Antonio Abad y san Silvestre; otros informantes añaden que es con san Ramón no nato, porque no tiene padre ni madre.
Patakí
Osaín, orisha de la naturaleza y la naturaleza misma, cazador que con un solo pie, un solo brazo, ligero como el viento, maneja los arcos y las flechas con la misma maestría que un profesional. Tuvo estas pérdidas por culpa de Oyá, que lo embriagó ofreciéndole el aguardiente tan querido y gustado por este orisha. Tanto fue lo que bebió que cayó en un manto de yerbas a la sombra de iroko, la sagrada ceiba. Oyá, que tenía conocimientos del mágico güiro que hablaba y predecía el futuro, urdió el plan para arrebatárselo en compañía de Shangó, quien vigiló la entrada del bosque mientras Oyá procedía al hurto. Cuando Osaín se despierta, ve a una hermosa mujer y la enamora. Esta inmediatamente le grita a Shangó que la defienda. Al oír la voz de su mujer, le lanza un rayo a Osaín que le arranca un brazo, luego, mientras corría a la choza donde guardaba sus utensilios de labranza, le tira otro rayo que le alcanza la pierna. En el momento en que iba a esconderla, Oggún, que pasaba por ahí buscando a su amigo, ve la situación y rápidamente construye el pararrayo, no sólo para librarse de las piedras de rayo que Shangó lanzaba a diestro y siniestro, sino para proteger al pobre Osaín, quien en un momento de descuido y por la ira de Shangó, pierde el ojo y queda tuerto. Así, se escondió en su mundo de la naturaleza y protege su güiro.
Osaín y Oggún se acompañan en los momentos difíciles y gustan de los bosques. Son amigos inseparables y en perfecta armonía, cuidan de las propiedades maravillosas de yerbas, árboles, palos y de todo lo verde que vive de la sabia tierra de este planeta.
Orula (También aparece como Orúmila u Orúmbila) Dueño del tablero de adivinación y del ekuele. Se considera que él es el sumo de la sabiduría y dueño de los arcanos, pues el tablero no sólo predice el futuro sino que conjura por medio del babalao los posibles contratiempos que puedan sobrevenir. En todas las historias de santo o patakies, ante cada dificultad, lo primero es ir a registrarse con Orula parta obtener la indicación salvadora a través del tablero de adivinación. Es sabio, viejo, refunfuñón. Atributos: Tablero, cadena de adivinación, collares con l6 cuentas verdes y amarillas. Animales: Carnero, palomas, gallinas.
Sincretiza con san Francisco de Asís.
Patakí
Cuando Orula nació, Obatalá, que estaba furioso por el incesto de su esposa Yemú con Ogún, su hijo, se llevó al niño y lo enterró lejos de la casa debajo de una ceiba.
El siguiente hijo de aquel matrimonio fue Shangó; era un niño tan hermoso que Obatalá no pudo hacerle daño y se lo entregó a Dadá, la mayor de sus hijas, para que lo cuidara.
Dadá llevaba a Shangó todos los días a ver a su padre. Como era muy despierto le llamó la atención que su madre estuviera siempre llorando. Le preguntó al padre, quien, un poco hoy y otro mañana, se lo contó y sembró en él un odio fiero hacia Oggún.
Obatalá se ponía cada vez más viejo por lo que se le olvidaban las cosas. Un día, cuando Shangó era ya hombre, Elegguá le pidió que le hablara al padre sobre Orula. Cuando conversaron sobre el asunto, Obatalá se sintió muy apesadumbrado por lo que había hecho con el pequeño Orula, pero Elegguá le afirmó que había visto en un lugar un hombre enterrado hasta los brazos debajo de una ceiba y que él le había llevado contigo.
Obatalá fue en busca de su hijo enterrado y le imploró perdón. Luego le pidió que volviera a la casa, pero Orula se negó y alegó que la naturaleza le había proporcionado todo lo que él necesitaba para profetizar. El padre, en desagravio, tomó madera del árbol y le construyó un tablero: Desde hoy le dijo todos los hombres tendrán que consultar contigo.
Ochosi: Es el patrón de los que tienen problemas con la justicia. Guerrero, cazador y pescador. Trabaja fundamentalmente con un arco y una flecha. Cuando posee a un iniciado, este realiza los gestos de cazar utilizando estas armas. Colores: Azul, amarillo oro y el rojo vino.
Sincretiza con san Norberto.
Patakí
Olofi, padre del cielo y de la tierra, llamó a su subalterno Orúmbila y le dijo:
Orúmbila, me agradaría que me consiguieras una codorniz.
¿Una codorniz? replicó Orúmbila asombrado jamás ningún hombre ha podido atraparla.
Orúmbila, muy preocupado, se introdujo en el monte y se enfrentó una y otra vez a la cordoniz. Derrochó todos sus proyectiles, sin embargo, la cordoniz burló sus aptitudes de cazador.
Orúmbila, cansado y desalentado, fue de regreso a la aldea y le dijo a sus habitantes que quien cazara la cordoniz, recibiría un ashé poderoso, pero todos respondían que era extremadamente difícil lograr cazar este animal.
Decepcionado y triste, tomó el camino dispuesto a recibir el castigo de Olofi, cuando sintió un sonido que le movía su cuerpo. Y llegó al lugar donde los tambores retumbaban; era el wemilere, donde se honraba, al mejor de los cazadores.
Orúmbila se presentó ante el cazador y le dijo:
¡Ochosi, Olofi te ha designado para que caces la cordoniz!
¡Honor que merezco, mañana la tendrás!
Ochosi, al día siguiente cazó la codorniz, pero se la robaron. Orúmbila le dio otra oportunidad e inmediatamente lo hizo:
Rápidamente Ochosi buscó a Orúmbila y le dijo:
¡Ya la tengo, vamos juntos a llevarla a Olofi!
Juntos subieron a la morada de Olofi y le dijeron:
¡Aquí tienes la cordoniz!
Olofi la tomó en sus manos y la acarició suavemente y le dijo al cazador:
¡Ochosi, te hago rey de los cazadores!
Los Ibeyis: Son hijos de Shangó y Oshún. Estos son los patrones de los niños. Se les representa por dos jimaguas (varón y hembra), uno vestido de azul y blanco y el otro, de rojo y blanco. Animales: Carnero, caballo moro (para él montar) jicotea, gallo.
Sincretiza con san Cosme y san Damián, aunque también hay referencias a otros santos.
Patakí
Los mellizos Taewo y Kainde, hijos de Oshún y Shangó, eran muy alegres y siempre les gustaba divertirse. Una vez, Shangó estuvo apartado y lleno de cólera en un árbol y nadie podía devolverle su acostumbrada alegría. Un coro de mujeres tristes a su alrededor les contaron a los Ibeyis cuando llegaron lo que habían hecho por su padre: Oshún le había recordado sus noches de amor; Oyá se había despojado de sus vestidos, para que disfrutara de su implacable cuerpo, pero fue peor; Obba le había entonado hermosas melodías, pero tampoco había logrado ni siquiera una palabra de Shangó y así cada una de las mujeres buscaba una vía para ayudarlo.
Elegguá, por último, le dio su aguardiente, pero Shangó tampoco quería tomar, pero en ese momento los Ibeyis dijeron: Démosle un poco de alegría. Y así comenzaron a bailar y a cantar todos y a dar palmadas. Los hermanos, unidos por las manos, fueron hasta donde estaba Shangó, quien comenzó a descender lentamente. Los tres abrazados caminaron y fueron para el wemilere que ya comenzaba, luego del toque de Elegguá.
Obba: Es la diosa del amor, de las lagunas y, al igual que Oyá, integra la trilogía de las dueñas del cementerio. Su color es el rosado y se representa por una mujer hermosísima que se cubre la cabeza con un turbante para disimular la falta de las orejas, que se cortó por amor a Shangó. Atributo: El puñal. Animal: La paloma y el aura.
Sincretiza con santa Rita de Casia, santa Catalina de Siena y santa Catalina de Alejandría.
Patakí
A Obba le había llegado el momento de casarse. Por aquel entonces, Shangó y ella se conocieron y surgió entre ellos un gran amor. Shangó vivía con Oyá, pero sabía que su matrimonio con Obba sería beneficioso.
Al principio todo fue felicidad. Shangó dejó de andar con Oyá y se dedicó completamente a Obba, quien día a día iba al río a encontrarse con su hermana Oshún.
Oyá, desde muy lejos, la veía y sentía envidia de la belleza de Obba. A la siguiente mañana fue al río y se divirtió con ellas. Oyá no engañó a Oshún, pero Obba se confíó de la conducta de Oyá, quien a partir de entonces con frecuencia le daba recetas de comida para que se las hiciera a Shangó.
Un día Obba sólo tenía harina y Oyá le sugirió que se cortara un oreja para sazonarla junto con todo tipo de hierbas. En ese momento Oyá llevaba puesto un pañuelo de nueve colores que le tapaba las orejas.
Así, Obba, con el afán de halagar a Shangó, se cortó la oreja y preparó una linda mesa. Shangó se comió la comida con gusto, pero extrañado de ver a Obba con un pañuelo le pidió que se lo quitara. Al verla sin una oreja tembló de rabia, pues no consentía a una mujer con tal defecto. Obba comprendió que había sido engañada por Oyá. Shangó, abrazó a su esposa y le dijo que sería la única y verdadera mujer, siempre la primera entre todas, pero que no tendría más relaciones con ella.
Entonces Obba fue a ver a Obatalá, a quien le agradeció la belleza que le había otorgado y le pidió ir a donde nadie pudiera verla ni hacerle daño. El cementerio sería a partir de ahí su casa.
Obatalá, para que Obba pudiera vivir en paz, le entregó un puñal de fino acero, una brújula, un escudo para que se protegiera de todos los males, una careta para esconderse tras ella, un libro en representación de sus enseñanzas y una catalina, símbolo del poder divino.
Yewá: Es la deidad doncella por excelencia, dueña de las tumbas y las tinieblas y miembro de la llamada trilogía de las dueñas del cementerio. Símbolo de la sabiduría y la soledad. Su color es el rosado, aunque se le atribuyen también los colores del arcoiris. Se le representa por una mujer muy seria, reservada y totalmente alejada de toda actividad sexual. Animales: El aura.
Sincretiza con Nuestra Señora de los Desamparados.
Patakí
Yewá hija de Obatalá y Yembó- era una doncella muy bella, a quien le habían otorgado los dones de la pureza, la virginidad y la hermosura. Nació con una profecía: el hombre que se casara con ella destronaría a su padre. Así, el padre no le permitía salir de los límites de los jardines de la casa ni establecer relaciones con ninguna persona, sólo veía a su nodriza.
Un día, en una reunión de orishas, Shangó comentaba lo poco virtuosas que eran las mujeres; Elegguá, inmediatamente después, le habló de esta hermosa joven que estaba encerrada entre muros y que sólo había sido vista por quienes vivían con ella.
Al día siguiente, Shangó fue a la casa de Yewá, subió al muro y quedó perplejo al ver tanta belleza y dulzura en una misma persona, a quien le dijo: Yewá, bella entre las bellas, no temas y mírame. Ella, incitada por las palabras de Shangó, lo miró y conoció lo que era el amor.
Con esto, faltaba a la palabra de su padre. Obatalá la condenó a que nunca más su rostro pudiera ser visto, a gobernar el país de los muertos y vigilar por las noches su dominio convertida en lechuza.
Aggayú Solá: Padre de Shangó, dueña de la tierra seca del desierto y de los volcanes; se le considera patrón de los caminantes, los obreros portuarios, los automovilistas y los aviadores. Se caracteriza por sus tremendas energías, representadas a través de las fuerzas terrenales. Su refugio es la palma y gusta de cargar a los niños. Se le distingue por sus pasos largos y porque alza mucho las piernas al andar. Sus colores, el rojo vino y todos los colores del arcoiris. Atributos: Oché hacha bipene roja y blanca adornada con abalorios amarillos, rojos y azules-; el oggué dos cuernos de novillo- y dieciséis mates o semillas redondeadas.
Sincretiza con san Cristóbal y con san Miguel Arcángel.
Patakí
El hombre, luego de creado por Obatalá, se encargó de propiciar caminos y senderos que le permitieran moverse de un lugar a otro. Sin embargo, cuando se acercó al río, este mostró cuán difícil sería calmar sus aguas.
Aggayú Solá era, en aquel entonces, un labrador de cierta edad, pero muy fuerte y trabajador. Preocupado por lo provocador que se mostraba el río, se sentó a meditar y, desafiante, se levantó luego en busca de un tronco para construir una barca con remos.
Después de terminar su obra, tomó algún alimento y se lanzó a la aventura.
Al principio, el río oponía una resistencia inigualable, pero Aggayú no cejaba en su empeño, por lo que utilizaba toda su fuerza para lograr amansar las aguas. Tanto usó su fuerza y su tesón que logró dividir la corriente en dos y alcanzar la otra orilla del río.
Sin tomar aliento, hizo la misma operación diez veces ininterrumpidamente hasta que logró que la corriente del río fuera completamente apacible.
Así, Aggayú Solá fue venerado por todos, pues permitió establecer el intercambio entre los pueblos.
Hoy en día la Regla de Osha se practica en Cuba, República Dominicana, Venezuela y Puerto Rico, fundamentalmente, aunque hay que destacar que algunos elementos de su cosmogonía han penetrado en otras manifestaciones religiosas afrocaribeñas. Su trascendencia está dada a partir de la inserción de sus símbolos, mitos y cultos en la idiosincrasia y la cultura de los pueblos que la profesan.
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